giovedì 24 luglio 2008

Dr. Álvaro Castro Estrada



Palabras del Dr. Álvaro Castro Estrada,
Director General de Asociaciones Religiosas de la
Secretaría de Gobernación de México, en ocasión del
VI Coloquio del Consorcio Latinoamericano de
Libertad Religiosa con la temática general
Religiones y Medios. Visión Jurídica.

“Medios de comunicación y
asociaciones religiosas en el Derecho mexicano”.

Río de Janeiro, Brasil, septiembre de 2006.

Con mucho gusto vengo a este pujante país y a la bella ciudad de Río de Janeiro para participar en el VI Coloquio del Consorcio Latinoamericano de Libertad Religiosa, presidido dignamente por el Dr. Juan Navarro Floria, de la Argentina.
Agradezco a nuestros anfitriones brasileños, en especial al Dr. Adam Kowalik, por su amable hospitalidad.
Reconozco, igualmente, la ardua labor que existe detrás de la organización de este relevante acto; reconocimiento que hago extensivo a las importantes instituciones que están apoyando la realización de este evento.
Estoy seguro que en este espacio de rico diálogo e intercambio de experiencias, nos brindará un significativo acervo de elementos de consideración que fortalecerá los lazos académicos y de amistad que impera en el Consorcio, como aquí lo podemos constatar.
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En esta ocasión, les vengo a presentar el tema de los medios de comunicación y las asociaciones religiosas, a la luz del Derecho mexicano. Es un asunto donde todavía, hay que reconocer, tenemos buen camino hacia donde avanzar.

Ante el proceso de transformación sociopolítica que vive mi país, la discusión sobre la ampliación de los derechos y las libertades debe ser un tema prioritario, máxime cuando ello deriva de la supresión de restricciones específicas que respondieron a razones de otras épocas. Como se sabe, en el período que tuvo como marco el cambio del virreinato a la emancipación del país, hubo enfrentamientos severos entre el poder político y sectores eclesiásticos.
Las posiciones de ambas vertientes estaban confrontadas en torno al concepto de soberanía y el pueblo mexicano tuvo que vivir las consecuencias de los reacomodos que la época demandaba, cuyas repercusiones se traducían en el menoscabo de espacios para actuar y desarrollarse en un ambiente de libertad. Ello, evidentemente, en perjuicio de la propia población. Se llegó al grado incluso de restringir la participación de las entidades religiosas y sus ministros en la vida pública del país, tratando de constreñir su actuación hacia el interior de los templos únicamente, lo cual, va en contra de la propia naturaleza social del ser humano.
Dichas consecuencias, trascendieron décadas que provocaron un severo retraso en la marcha del país por el camino de la promoción y protección de los derechos humanos. Con madurez y con visión histórica, en México hemos sabido superar, no sin dificultades, mucho de aquellas razones que motivaban divisiones y enfrentamientos.
Es claro que las actuales circunstancias sociales, económicas y políticas no son siquiera similares a las de la Nueva España o el México independiente o el México revolucionario o el post-revolucionario. En materia de relaciones Estado-iglesias, distamos mucho de lo que el país vivió en épocas pasadas. Nuestro sistema de separación del Estado y las iglesias, así como nuestra vocación laica, genera un clima social propicio para el eficaz ejercicio de los derechos y libertades. Nuestra Constitución, garantiza la libertad de creencias y culto a toda persona sin ningún tipo de distinción y prohíbe la discriminación por motivos religiosos u otros.

El Estado, en consecuencia, es el principal promotor y garante de las libertades públicas. Ahora, la interlocución que se desarrolla entre las iglesias y las autoridades gubernamentales, está orientada por el diálogo fluido y abierto, por el respeto mutuo y la colaboración. Existe un reconocimiento de cada cual en la sociedad, bajo la pauta de la democracia y, por consiguiente, de la égida de los derechos humanos. Mi país ha vivido una positiva evolución en muy distintos ámbitos. El sistema jurídico va respondiendo al devenir social, complejo en sí mismo, pues las sociedades cada vez estamos más interconectadas.
La sociedad mexicana tiene una composición heterogénea, donde confluyen y conviven personas y grupos con una identidad propia que los diferencia unos de otros. La sociedad civil organizada amplía sus ámbitos de actuación. Por su parte, las instituciones públicas, laicas en esencia, han fortalecido su andamiaje que les da una positiva proyección en el entramado social. La tendencia que prevalece en la nación mexicana, es el bien común de todos los sectores de la sociedad, donde participan activamente personas en lo individual, grupos, organizaciones y los distintos ámbitos de gobierno.
En este plano se inscriben las iglesias, las agrupaciones religiosas y los ministros de culto, quienes son importantes actores de nuestra sociedad.
Es justo valorar el aporte social y cultural de las religiones e, igualmente, aquilatar el trabajo ministerial que a favor de las comunidades realizan las iglesias y agrupaciones religiosas. La participación directa de los ministros de culto en estas loables acciones, constituye un factor indispensable. En suma, son portadores de valores morales, éticos y religiosos. Son actores activos de nuestra sociedad. Muchas veces, su tarea incide en la vida pública del país, lo cual es legítimamente válido en las democracias modernas.
México entonces, vive nuevas realidades, mismas que deben ser entendidas en toda su magnitud y atendidas conforme exige la democracia. En la medida que se tutelen de manera justa y efectiva mayores dimensiones de los derechos y libertades, podemos aspirar a construir una sociedad más democrática. La libertad religiosa, en este sentido, juega un papel relevante. La consolidación de la democracia mexicana, está siendo cimentada desde muy diversos frentes y con muy distintos esfuerzos. A veces, los esfuerzos de unos guardan coincidencias con los de otros y es a partir de entonces que podemos edificar una fuente de intercambio de opiniones y de argumentos sólidamente sustentados que permitan generar acuerdos. El derecho a la libertad religiosa, consagrado en el artículo 18 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, proclamada por la Asamblea General de las Naciones Unidas en 1948, constituye una de las piedras angulares de los derechos humanos, en correspondencia con la dignidad humana.
En cuanto al concepto de libertad religiosa, como ustedes saben, el Derecho Eclesiástico del Estado, señala que la libertad religiosa se integra por una serie de dimensiones, a saber: Libertad de conciencia, de culto y de difusión de los credos, ideas u opiniones religiosas, así como de enseñanza; derecho a la formación religiosa de los miembros de la confesión, a la instrucción religiosa, a la reunión y manifestación con finalidad religiosa, así como a la asociación religiosa; objeción de conciencia y asistencia espiritual.
Por tanto, en el concepto mismo de la libertad religiosa, subyacen derechos humanos fundamentales, como la libertad de expresión, la libertad de asociación, la libertad de creencias y de culto, así como la libertad de educación, por ejemplo.
En el caso mexicano, éstas y otras libertades y derechos se encuentran tutelados jurídicamente por el Estado en la Ley de Asociaciones Religiosas y Culto Público; ordenamiento de carácter federal, que reglamenta las disposiciones constitucionales en materia religiosa.
La denominación de esta ley, describe muy bien su ámbito de aplicación en términos generales; esto es, el marco de actuación de las asociaciones religiosas, particularmente en lo relativo al culto público, a realizarse dentro y fuera de los templos, y respecto al culto religioso que se difunde en los medios masivos de comunicación no impresos. En este sentido, el amparo del Derecho cubre principalmente la dimensión social de las creencias y prácticas religiosas, ámbito de actuación que le compete al Estado proteger.
La figura de la Asociación Religiosa, mediante la cual las iglesias y agrupaciones religiosas están en posibilidad de adquirir personalidad jurídica, constituye hoy día un presupuesto indispensable para que la libertad religiosa sea real y efectiva en la esfera colectiva. La reforma a la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos de 1992, y la consecuente expedición de la Ley de Asociaciones Religiosas y Culto Público, ampliaron la tutela jurídica de la libertad de creencias y de culto en mi país, y modernizó las relaciones entre el Estado y las iglesias.
De esa manera, México se ha sumado a la corriente universal de la protección del derecho a la libertad religiosa, lo que ha traído cambios positivos e importantes no sólo al marco jurídico nacional, sino en los hábitos y conductas de la población y, por consiguiente, en las acciones de gobierno también. A partir de entonces, se han ido cristalizando importantes avances en esta materia, favoreciendo un cambio cultural profundo, donde se reconoce a la pluralidad de credos que la población practica y se da cabida al valor de la tolerancia para reconocer al diferente y respetar su derecho de creencias religiosas y de culto. Actualmente, existen 6,586 asociaciones religiosas debidamente constituidas. Entre los derechos de los gozan las asociaciones religiosas, se encuentra el de propagar su doctrina y esto incluye la posibilidad de utilizar la radio y la televisión. Sin embargo, cuando se trata de actos de culto religioso, para su legal transmisión a través de medios masivos de comunicación no impresos, se deberá contar con autorización de la Secretaría de Gobernación.

Las cifras que arrojan los registros indican cero transmisiones en 1992, cuando entró en vigor la ley. Para el año siguiente, se verificaron 32 transmisiones y en 1993, sólo 24. A partir de 1997, las transmisiones superaron la cifra de las mil doscientas y comenzó una tendencia creciente.
Para el año 2002, el rango de las transmisiones alcanzó casi 14 mil, su máximo histórico, año en el que Su Santidad Juan Pablo II, visitó tierra mexicana por quinta ocasión, de manera que la cifras han tenido una fluctuación creciente en mayor o menor porcentaje. Estos datos, nos ofrecen una información muy reveladora sobre la que es menester reflexionar. Se ha vuelto una práctica habitual entre las asociaciones religiosas, la utilización de los medios de comunicación electrónicos para transmitir sus actos de culto religioso, incluso también se ha diversificado la programación televisiva y radiofónica, mediante la incorporación de contenidos con un perfil religioso. En complemento, se debe señalar, por otra parte, que existe una restricción legal en mi país para que las asociaciones religiosas y los ministros de culto puedan poseer o administrar, por sí o por interpósita persona, concesiones para la explotación de estaciones de radio, televisión o cualquier tipo de telecomunicación; tampoco pueden adquirir, poseer o administrar cualquiera de los medios de comunicación masiva.
Desde el punto de vista del Derecho Comparado, prácticamente en todas las naciones democráticas no existe una restricción similar. En la mayoría de los países, como se sabe, las leyes que tienen que ver con los medios de comunicación masiva, no contienen ninguna prohibición acerca de que los grupos religiosos puedan ser dueños de estaciones de radio y televisión.
Son muy pocos los casos donde las leyes establecen expresamente que las organizaciones religiosas pueden ser propietarias y operar medios de comunicación, pero la ausencia de alguna restricción en dicha propiedad permite que las entidades religiosas sean dueñas de tales activos. En general, existe una tendencia significativa en el mundo alejada del control gubernamental en cuanto al contenido de los medios de comunicación masiva, hacia una mayor apertura del sistema de mercado. De hecho, a nivel mundial, se argumenta que el poder acceder a los medios de comunicación es un derecho humano fundamental.
Conforme a la fracción II, del artículo 27 constitucional, las asociaciones religiosas pueden adquirir, poseer o administrar, exclusivamente, los bienes que sean indispensables para cumplir con su objeto, sin que se establezca ninguna prohibición taxativa en materia de medios de comunicación. Lo que sí constituye una condición, pero no restricción, es que las asociaciones religiosas se abstengan de perseguir fines de lucro o preponderantemente económicos. Resulta indispensable llevar al debate el problema de la igualdad de oportunidades de las asociaciones religiosas en la participación de los medios de comunicación electrónicos. De no ser así, no podremos seguir avanzando en la consolidación de una sociedad más equitativa. No es posible alcanzar una sociedad realmente democrática si a las asociaciones religiosas, como entidades de derecho público que son, se les niega el derecho de acceder al manejo de medios de comunicación social que les permita difundir sus doctrinas.
La existencia de restricciones y de exclusiones contra los actores del ámbito religioso, responde a reminiscencias del marcado laicismo que en el pasado se vivió en mi país, que si bien dejó grandes aportaciones a las instituciones públicas, su influencia en las políticas de promoción y protección de los derechos humanos, ha dejado de tener vigencia. Un Estado laico, como México, basa su toma de decisiones con ideas y con argumentos racionales, bajo criterios democráticos. En la laicidad, es posible implementar políticas incluyentes y prescinde de aquello que tienda a excluir de la arena pública a las personas y los grupos. Los valores del pluralismo y la tolerancia, son propios de un Estado laico, el cual debe estar a favor de la diversidad de ideologías, filosofías y creencias religiosas y está también a favor de la expresión de las convicciones, con los límites que requiere el orden y la moral públicos, así como los derechos de terceros.
La laicidad no alienta a los enfrentamientos y promueve, en cambio, la vía del diálogo y acepta el disenso, como parte inherente de la pluralidad, como presupuesto para mantener un clima social donde es posible actuar en libertad, donde las personas y los grupos, coexisten pacíficamente. Un Estado laico, no orienta sus políticas bajo criterios restrictivos ni impone límites que devengan en el menoscabo del ejercicio de los derechos o en la desigualdad de oportunidades de los ciudadanos y de sus organizaciones, como en el pasado prevaleció, sin embargo, ello puede y debe revertirse. La vigencia de la laicidad garantiza un régimen incluyente que fomenta el libre y responsable actuar de las personas, en igualdad de derechos y obligaciones. De ahí la trascendencia de fomentar el reconocimiento del aporte sociocultural de las diferentes religiones, y el de garantizar a toda persona el libre ejercicio de los derechos y libertades en materia religiosa, así como favorecer la relación interinstitucional con las asociaciones religiosas.
Tales restricciones vistos a la luz de la libertad religiosa, deben ser sometidos a la opinión pública con el propósito de redefinir sus alcances. Asimismo, este tema debe debatirse a partir de criterios de igualdad de oportunidades, evitando caer en algún tipo de privilegio. Dado que no existe restricción constitucional al respecto, es deseable y factible que se regule debidamente la actividad de los agentes religiosos en los medios de comunicación masiva, en congruencia con el carácter no lucrativo de las asociaciones religiosas. Se debe trabajar, entonces, en un proyecto que tenga por objeto derogar la prohibición a las asociaciones religiosas y ministros de culto prevista en el referido articulo 16 de la Ley de Asociaciones Religiosas y Culto Público para adquirir, administrar o poseer medios masivos de comunicación no impresos, incluyendo concesiones de estaciones de radio, televisión o cualquier tipo de telecomunicación. Para asegurar que no se desvíen los fines de carácter religioso, la propuesta deberá establecer como condición para realizar este tipo de actividades que los ingresos obtenidos en virtud de las mismas sean destinados al objeto de la asociación religiosa.

Al derogarse la restricción, quienes decidan participar en el manejo de medios masivos de comunicación, deberán sujetarse a las reglas generales previstas al efecto, en congruencia con la naturaleza religiosa que les da sustento a las asociaciones religiosas y sus ministros. En segundo lugar, otro aspecto que se debe considerar, es lo relativo a establecer categóricamente en el artículo 21 de dicha ley, como derecho exclusivo de las asociaciones religiosas, transmitir actos de culto religioso a través de medios masivos de comunicación no impresos.
Esto debido a que el Estado conoce las bases fundamentales de sus doctrinas y cuerpo de doctrinas, las cuales son presentadas a la autoridad administrativa para efectos del registro de las asociaciones religiosas. A diferencia de dicha obligación, las iglesias y agrupaciones religiosas que no cuentan con registro constitutivo como asociación religiosa, no tienen el deber de registrar ante la autoridad su doctrina. Con esto, se pretende resguardar a la población de posibles acciones oportunistas y poco serias. En tercer lugar, se debe derogar la necesidad de solicitar y obtener de la Secretaría de Gobernación, la autorización para transmitir actos de culto religioso a través de medios masivos de comunicación no impresos, prevista en el propio artículo 21, párrafo segundo.
Entonces, se considera que este tema debe ser discutido ampliamente, ya que no es una situación que incumbe a la generalidad de asociaciones religiosas, y de haber una mayoría de apoyos, se impulsen las reformas necesarias para actualizar el marco legal en esta materia. En México, a lo largo de los catorce años de vigencia de las reformas constitucionales en materia religiosa, las asociaciones religiosas, académicos del Derecho Eclesiástico del Estado e investigadores del fenómeno religioso, han reiterado su interés en entrar al análisis del tema. Estos grupos, están a favor de ampliar los márgenes de derechos y libertades. En cambio, están en contra de seguir con un modelo de restricciones y de exclusiones.

El objetivo principal de una iniciativa de esta naturaleza, es traducir las demandas de estos grupos en unos preceptos jurídicos, de orientación democrática, con la convicción de reconocer este derecho y fomentar el uso responsable y congruente a la naturaleza no lucrativa de las asociaciones religiosas. Debemos ser optimistas en este sentido, porque se ha alcanzado en mi país un aceptable nivel de madurez en el sistema jurídico en materia religiosa, por eso, es momento de fomentar un fuerte impulso que nos lleve a ampliar el reconocimiento y tutela de la libertad religiosa. Una forma de lograrlo es, como aquí se ha plasmado, permitiendo a las asociaciones religiosas y a los ministros de cultos ejercer libremente este derecho fundamental de libertad religiosa.
Esto se lograría, como ya se anticipó, derogando la parte conducente del artículo 16 de la Ley de Asociaciones Religiosas y Culto Público, a efecto de eliminar la prohibición a las citadas entidades para poseer o administrar concesiones para la explotación de estaciones de radio o televisión. Por tanto, se debe revisar la conveniencia y modalidades de integrar un marco regulador que permita la participación de las asociaciones religiosas en la administración o posesión de medios masivos de comunicación no impresos, a través del régimen de permisionarios, el cual no conlleva el carácter lucrativo, al igual que los fines de las asociaciones religiosas.
En tal caso, se deberá cuidar el factor de proporcionalidad, estableciendo algún criterio de ponderación, por ejemplo: número de feligreses de las asociaciones religiosas o la fundación de entidades colegiadas integradas por varias asociaciones religiosas del mismo credo. Más allá de que los medios de comunicación masivos, constituyan un instrumento de difusión de las doctrinas religiosas, se debe tener en cuenta –asimismo– la trascendencia del servicio comunitario que las asociaciones religiosas hacen a favor de la sociedad en su conjunto. Finalmente, una apertura bajo los parámetros aquí expuestos, vendría a abonar –indefectiblemente– a la democracia mexicana, porque implica eliminar aspectos de control o de discrecionalidad que –hoy por hoy– resultan obsoletos y prescindibles, por lo que es fundamental analizar este tema y sus aristas, con toda pertinencia y responsabilidad, así como con sentido histórico y visión de futuro. Sabemos bien, que en este sentido, la academia, los estudiosos de estos temas, y las asociaciones religiosas, principalmente, tienen mucho que aportar al respecto.
Confiamos en que, a la postre, el proceso de análisis y debate nos ofrezca a los mexicanos, cómo resultado, un amplio y sólido acuerdo que se traduzca en la ampliación de la esfera de protección y garantía de la libertad religiosa.
Por su atención, muchas gracias.

Prof. Alberto de la Hera


CONFESIONES RELIGIOSAS Y MEDIOS DE COMUNICACIÓN


Prof. Alberto de la Hera
Universidad Complutense de Madrid



Me ha correspondido, en el Programa de este VI Coloquio del Consorcio Latinoamericano de Libertad Religiosa, ocuparme de las Confesiones Religiosas y los Medios de Comunicación desde un punto de vista general. Entiendo que no se trata de presentar y analizar una normativa determinada: las normas de proyección internacional, o las leyes nacionales de uno o varios países concretos, que toquen de algún modo esta materia. Tal es el cometido de otras varias de las Ponencias, que asumen la perspectiva social y jurídica que es propia en este terreno de las diferentes naciones que integran el ámbito latinoamericano. Por mi parte, pienso que debo afrontar la cuestión desde un enfoque teórico y doctrinal, intentando en lo posible elaborar una visión de cuáles pueden ser las líneas maestras de la relación entre ambas realidades, las Confesiones y los Media. Se tratará, pues, de unas reflexiones en voz alta, al hilo de la problemática que nos ofrece el mundo actual en relación con la presencia del tema religioso en los medios de comunicación.

La sociedad presente puede ser calificada como una sociedad de la información; no es tan sólo que se tienda a que estemos informados de todo cuanto sucede, en cualquier ámbito del mundo, tan pronto como sucede, ni que se nos conduzca a interesarnos por lo que los media deciden que nos tiene que interesar. Todo eso son coordenadas de este momento de la historia que, para aceptarlas o rechazarlas, tenemos en todo caso que asumir. Pero se va más allá. El actual concepto de sociedad de la información ha superado incluso esos parámetros, y las redes de telecomunicaciones –no sé si es acierto o ignorancia el identificar éstas en especial con “internet”- son hoy un importantísimo vehículo de formación de los seres humanos, con mayor influencia en las mentes que la familia, la escuela o la universidad; lo que fundamentalmente hoy sabe el hombre actual es mucho más lo que le enseñan los medios que lo que le enseñan los maestros, empleando esta palabra en su acepción más amplia. Y esa “información formativa” que nace de los medios de comunicación alcanza también la temática religiosa.
Y, a partir de aquí, cabe hacerse una pregunta: la importancia y la influencia que alcanza cada tipo de información ¿responde a la demanda social, o son los medios los que crean, u orientan, esta demanda para satisfacerla luego?

En concreto, la demanda social de información y de formación religiosas ha de ser satisfecha en buena parte por las Confesiones, obligadas en consecuencia a la utilización de los modernos medios de comunicación. Éstos poseen la posibilidad de satisfacer tal demanda, de desviarla, de orientarla en diversos sentidos, de reducirla; la libertad de las Confesiones para ejercer el derecho de manifestación, expresión y enseñanza puede verse así comprometido en un grado mayor o menor. Toca al Estado velar para que tal cosa no tenga lugar, debiendo prestar las garantías oportunas al respecto, en la medida en que, a) posee canales propios de información; b) ha de garantizar a las Confesiones la posesión asimismo de sus propios canales; c) y ha de atender también a que otros canales privados no utilicen su libertad de expresión para violar las normas internacionales e internas que garantizan el respeto a la verdad. En tales condiciones, la demanda social de información religiosa será la que realmente sea y obtendrá la respuesta en los medios que realmente demande.
La garantía por parte del Estado a que acabamos de aludir supone la protección de la libertad de comunicación y manifestación, del pluralismo, del bien individual y colectivo, del acceso libre a los programas y fuentes de contenido religioso, del respeto a los valores y las convicciones. Y si todo ello ha de estar proclamado y reconocido como derecho de los individuos y de las colectividades por parte de los poderes públicos, toca a éstos muy particularmente la sanción penal, cuyo doble sentido preventivo y punitivo supone la más eficaz tutela de la justicia.

Si lo antedicho, en su evidente y superficial generalización, es de lógica e inmediata aplicación a los medios de comunicación que hasta fechas recientes han cubierto este mercado social –prensa, radio, televisión...-, su eficacia ante los nuevos medios resulta problemática en una medida del todo particular. Como empezábamos diciendo al iniciar estas líneas, los nuevos cauces de la informática están en buena medida ocupando un panel preponderante en cuanto hace a la información. La posibilidad de navegar por internet –si utilizamos una expresión que hoy es ya un lugar común en nuestro lenguaje- nos abre a todos vías de acceso a la información incomparablemente superiores a las conocidas hasta hoy, con la peculiaridad de que somos ahora nosotros mismos los que creamos la información y nos la procuramos. Los canales abiertos son miles y miles, y cada uno de nosotros, cada institución, cada confesión, cada entidad, puede crear otros muchos. Y apenas si cabe impedir que cada navegante acceda sin control a los que desee.
La sociedad de la información, en su sentido actual, resulta ser de todo punto nueva, y ha sucedido a la sociedad industrial; podría ser definida como la sociedad de la centralidad mediática, e internet como el estandarte del cambio. Así, se da lugar a nuevas formas de pensar en el marco de una auténtica revolución cultural, pues el ser humano, ante la avalancha de vías abiertas ante su mente, fácilmente se perderá en ellas, se sentirá inclinado a renovarse y abandonará valores aceptados y sólidos para seguir novedades que se le presentan como el último grito de la moda en el campo del pensamiento.
Pero la mejor manera de definir la moda es decir que es aquello que enseguida pasa de moda. La cultura de la última propuesta será olvidada mañana; es una cultura efímera. Los propios medios, en su versatilidad, dependientes de la iniciativa de todo creador de un cauce nuevo navegable, así lo imponen. Y es fácil suponer que tales improvisaciones que cada día nacen, deslumbran y pasan, es difícil que estén adornadas de las dos primeras cualidades que la cultura clásica atribuye al ser: la verdad y la bondad. Tal vez sí de la tercera, la belleza, pero en el reino de lo efímero la belleza se marchita pronto.

No sólo, pero sí muy particularmente en el terreno religioso, lo efímero está extrañamente relacionado con el mal, que es de por sí deslumbrante pero mentiroso, prometedor de una felicidad falsa y vacía. Es curioso, pero la mejor cita que se me viene a mano en apoyo de esta tesis no la he tomado de fuentes científicas, sino de una novela policíaca: “Se me ocurrió de pronto pensar –escribe Agatha Christie en “El misterio de Pale Horse”- que el mal era, quizá, más impresionante que el bien. Y esto siempre y necesariamente. ¡Tenía forzosamente que convertirse en espectáculo! ¡Tenía que sobresaltar, adoptar una actitud de reto! Era la inestabilidad atacando a lo estable”.
La inestabilidad atacando a lo estable. Nada más estable que los dogmas y los valores religiosos, los de cualquier religión. Nada más inestable que la actual cultura mediática. ¿Cómo hacer que perdure, influya y actúe sobre los hombres lo estable navegando en brazos de lo efímero, cuando cada uno de nosotros se puede ver invitado a la duda desde los más inesperados reclamos? Y más si se tiene en cuenta que la duda, en este caso el mal que sobresale, sobresalta y ataca nuestra estabilidad interior, se presenta como una exigencia de modernidad frente a la acusación de quedarnos anclados en una cultura caducada. Hay que derribar viejos dogmas, se nos dice. Todo es relativo, se nos predica. ¿Cómo vencer esa incompatibilidad entre lo sumamente estable y lo extremadamente pasajero?

Los propios medios nos ofrecen una respuesta: lo estable no puede perdurar porque es incompatible con el mundo que ahora está naciendo. En el mundo de los siglos futuros la religión no será un valor, ni siquiera será. Basta echar un vistazo al cine y la novela futuristas.
En la serie de “La Guerra de las Galaxias”, asistimos a un mundo inmenso -sus distancias se miden en años luz, sus mundos habitados se cuentan por millones- en el que la religión no está presente. Nunca se habla de Dios. En su lugar, el Bien está representado por una realidad misteriosa, la “Fuerza”, que se reduce a un arma digamos “espiritual” que determinadas personas poseen para evitar la tiranía y establecer la justicia terrenales. En el primer episodio, la madre del niño Anakin, a la pregunta de quien es el padre, responde que no lo sabe, que se encontró al niño en su vientre. La alusión es muy clara, pero Anakin, convertido en un adulto, no llegará a ser el líder del Bien, sino Lord Vaider, el instrumento del mal.

En la serie de novelas del ciclo de la “Fundación”, Asimov prescindirá por completo de Dios. Lo único que de nuestros tiempos hace llegar a los siglos futuros es la lucha por el poder: tiranía frente a justicia, y nada más. Detrás de los defensores de la justicia está la ciencia de un Doctor eminentemente sabio, no la enseñanza y la llamada de la Divinidad.
En las “Crónicas de Narnia”, el León que encarna al Bien será traicionado por uno de los suyos, entregado a sus enemigos, y asesinado, para resucitar luego y restablecer el orden y acabar con la tiranía -otra vez un concepto meramente temporal de la felicidad-. No cabe mayor claridad en el paralelismo: pero no estamos ante un mundo sobrenatural, ante una llamada y una exigencia de salvación, sino ante un mundo meramente natural y por tanto efímero, en el que la felicidad se mide en bienestar, no en santidad.
En la serie de Harry Potter, en el colegio de Magos se celebra cada año solemnemente la Navidad, recurriendo a todos los símbolos actuales de la misma: el árbol, los regalos, la cena... Pero ¿qué están celebrando? Navidad significa nacimiento: ¿quién ha nacido? ¿por qué hay que celebrar una fiesta vacía de motivación? Allí se pretende que existe la bondad, pero tampoco está presente Dios. Es cierto que ya hoy, en muchos lugares y entre muchísimas personas, la Navidad se celebra así, sin reparar ni meditar en cuál es su razón de ser. Justamente lo que los nuevos media transmiten, la imagen sin símbolos, la celebración y no lo celebrado, el mal que vive entre nosotros y que desplaza deprisa al Bien que todavía ahora podemos sin embargo encontrar, pero cuya pervivencia no interesa a la cultura de lo efímero.

Se está así creando un hombre desprovisto de valores. Y cuando el ciudadano está vacío de valores, es presa fácil de todo totalitarismo, precisamente porque carece de razones para resistir. En este sentido, la cultura de lo estable es una gran fuerza frente al poder tiránico: la religión lo es especialmente, en cuanto que posee un concepto de justicia estable, inconmovible, ya que su fuente es la Divinidad. Por el contrario, el consenso universal en unos mínimos éticos, que definirían un concepto humano de justicia, y que hoy es una constante en la predicación de los media, ha demostrado ser una entelequia inalcanzable: llevándolo al extremo, nos encontraremos con el terrorismo, en su faceta de muerte de inocentes considerada un medio justo para obtener un fin justo, y tendremos que reconocer que sus defensores no van a llegar a ponerse de acuerdo con sus víctimas sobre unos mínimos éticos que garanticen la convivencia. Podremos denominarles criminales, pero ellos se consideran luchadores por la justicia, y la ética común es imposible. Sin tener que mencionar el aborto, la eutanasia o la clonación, por poner ejemplos cotidianos en los que quienes tienen fe en una Revelación divina, quienes consideran la vida humana como un don de Dios del que el hombre no es dueño, difícilmente llegarán a un consenso ético de mínimos con quienes no poseen aquella fe. Y se está demostrando que el mejor camino para establecer el reinado de la ética mínima e inestable –cuyos únicos valores son de carácter material: poder, riqueza y orden- consiste en allanar, mediante los media, el camino a la tiranía.
Hemos mencionado al hombre sin valores. El vacío previamente provocado mediante la eliminación de los valores religiosos lo están llenando otros valores impuestos, que suicidamente aceptamos. El producto es un hombre al que se ha vaciado de su condición de creatura salida de las manos de Dios –por lo que es titular de una dignidad de carácter superior e intangible-, es decir, un hombre deshabitado de sí mismo. El propio ordenador con el que estoy ahora escribiendo estas páginas me ha subrayado la palabra creatura; me señala que debo corregirla, que no es correcta, que no figura en su diccionario. Lo ha programado alguien que no ha tenido en cuenta la creación; criatura sí, porque se cría, creatura no, porque se crea. Para defender que el hombre es una creatura, tengo que imponerme al ordenador, porque de por sí -en el marco de este medio, de esta cultura mediática- ya no poseo el derecho al uso de aquello en que tengo fe.

Deshabitado el hombre de sí mismo, pasa a verse habitado por un ideario de origen estatal –Estado sí, sociedad no- cuya única perspectiva es un sistema cerrado y efímero. Un caso paradigmático de ello es el comunismo soviético, un sistema político que contó con un alto número de teóricos desde Marx en adelante, que se extendió por múltiples países y se mantuvo largo tiempo vigente. Pero sus horrores pudieron menos que sus errores. Y es que su firmeza era sólo aparente: un gigante con pies de barro, que inesperadamente y en muy poco tiempo se vino abajo. Medio siglo de existencia. La más nueva de las religiones tiene mucho más tiempo tras de sí, y va a durar mucho más pese a todo. El hecho es revelador de cuanto vengo argumentando.
Y no es menos revelador de que vivimos en una sociedad cobarde, o ciega, que incongruentemente se deja desnudar de sus valores, el hecho de que el sistema marxista, efímero de por sí y ya caduco, se mantiene en algunos países, con voz y voto en los foros internacionales, al par que aceptamos grupos políticos que patrocinan aquella doctrina, radicalmente totalitaria y negadora de las libertades, en nuestras tolerantes democracias, que no toleran en cambio el crucifijo o el velo islámico y piensan que así aseguran la libertad y la igualdad. No son los únicos ejemplos posibles, pero sí que resultan bastante relevantes en relación con lo que puede resultar del hecho de privar al hombre de la fe y entregarle a la nada, tarea en que claramente se enfrentan en los medios de comunicación el concepto sobrenatural de la vida que propugnan las Confesiones y el meramente natural a que quieren reducirnos muchos creadores de opinión en todo el mundo.

La nueva situación de la información interpela a los poderes públicos y a los ciudadanos; interpela también directamente a las Confesiones. Éstas entienden con frecuencia que su presencia en los medios, a que justamente consideran tener derecho, posee sobre todo una finalidad proselitista. Hoy por hoy, pienso que –sin renunciar por supuesto a sus derechos de manifestación y difusión- no debiera ser aquel el objetivo primordial, sino la defensa de los valores comunes a todas las creencias religiosas o, dicho de otro modo, la exposición y defensa de la necesidad de la religión en el mundo. Durante siglos el primer enemigo de cada religión lo eran las demás; esta realidad, origen de tantas guerras y persecuciones lamentables, solamente fue posible en una sociedad universal no desacralizada y en base a un desenfoque de su verdadera misión por parte de las Confesiones. Hoy ya no cabe. En un mundo en vías de una progresiva secularización, la primera batalla que las Confesiones tienen que librar no es tanto su propia -la de cada una- expansión, sino la defensa del valor religioso de la vida humana, de la presencia de la idea de religión en el mundo. La apostasía ha sido tradicionalmente el paso de una religión a otra; hoy es el abandono de toda fe. Lo cual es mucho más grave, para el hombre mismo, para su felicidad terrena y eterna, y para la estabilidad de la sociedad en un marco de justicia.
En enero del año 2000, la International Religious Liberty Association convocó en Madrid a veintisiete expertos internacionales en el campo de la Libertad religiosa, para que estudiasen el tema del Proselitismo y enunciasen unos principios que pudieran inspirar la acción proselitista de las Confesiones en el mundo presente. Los reunidos habían sido invitados en razón de su personal competencia -internacionalmente demostrada mediante sus publicaciones, su participación en foros científicos y sus notorias actividades en defensa de la libertad religiosa y de creencias- y procedían de dieciséis países (Alemania, Argentina, Bélgica, Colombia, España, Estados Unidos, Francia, Israel, Italia, Noruega, Polonia, Rusia, Senegal, Suiza, Túnez y Venezuela); los había musulmanes, judíos, y cristianos de varias confesiones. El resultado de su trabajo se hizo publico en formas de unos “Guiding Principles for the responsible Dissemination of Religion or Belief”, remitidos a todos los principales centros religiosos, culturales y políticos. Evidentemente, no eran normas jurídicas sino principios éticos; no los avalaba un poder político sino el prestigio científico y moral de sus autores. Y a la par que señalaban caminos para un proselitismo confesional ponían de relieve la actual trascendencia de la proyección social de los principios religiosos; de ahí se deducían unas normas de comportamiento ético de cada Confesión para con las demás, apoyando el lógico esfuerzo en que todas se hayan comprometidas a favor, como es lógico, de su propia expansión y, al par, de la realización en el hombre y en la sociedad del plan divino de la salvación.

En tal base se apoya la necesidad de una acción común de las Confesiones, que no supone un sincretismo que borre sus diferencias; el credo de cada una tiene su propio contenido irrenunciable y el derecho a considerarse salvífica le es connatural a todas ellas. El respeto al juicio definitivo de Dios sobre la conducta humana supone la no condena de religión alguna ni el desprecio de ninguna por parte de las demás; el proselitismo es siempre y por tanto una acción que no puede apoyarse en la minusvaloración de los demás; y el común denominador de todos los movimientos religiosos ha de conducirles a un apoyo indeclinable a la proclamación y el reconocimiento de la dignidad de la persona humana como don de Dios. En este contexto, obviamente lo inaceptable sería la ofensa, ya que la perspectiva histórica revela unas posibilidades ciertas de instrumentalización del proselitismo a favor de una actitud excluyente y peyorativa de los otros credos, detrás de la cual puede esconderse un empeño -del que también podemos alegar ejemplos- en utilizar la religión como una fuente de poder social, económico y sobre todo político. Los supuestos, por desgracia, no faltan en los momentos que vivimos.
Hay que racionalizar, pues, el uso de los nuevos medios técnicos en orden a evitar daños y a obtener beneficios, y ahí juega un primer papel el Derecho, llamado a proteger los valores sociales e individuales. El cometido del Derecho se ha polarizado en la regulación de la titularidad y el acceso a los medios de comunicación, al par que de la utilización que de los mismos se hace por sus titulares: contenidos y límites. De modo que, al llegar a este plano de lo jurídico, una vez planteado con anterioridad el plano de la ética, lo primero a preguntarnos es: ¿quién emana ese Derecho? ¿de dónde procede? O ¿quién lo inspira? La pregunta transciende las fronteras nacionales, pero no sólo para atraer nuestra atención sobre los organismos creadores del Derecho internacional, sino para hacernos reflexionar en que el papel directivo en este campo está hoy en gran medida en manos de corporaciones mediáticas transnacionales, que poseen el control económico e ideológico de los media más allá de los gobiernos y las fronteras.

Ante esta cesión encubierta de soberanía de los Estados -no encubierta por poco patente, sino por cuanto hacen los Estados por mantener la cada vez más obvia ficción de su poder omnímodo-, y ante el paulatino trasvase del poder mediático a organismos supraestatales, las Confesiones religiosas tienen que caer en la cuenta de que ellas son precisamente entidades de tal tipo, supraestatales, y calcular las posibilidades que está realidad les ofrece. Hasta hace muy poco, lo que la historia nos mostraba eran Iglesias de Estado, interesadas en mantener la confesionalidad de Estados concretos, o su propia supremacía en países determinados. La existencia de Iglesias nacionales -empleo ahora el término Iglesia en un sentido muy amplio, para mayor simplicidad-, apoyadas en una fuerte unión entre el poder político y el religioso, ha sido durante siglos el sueño de muchos regímenes políticos y el modelo ideal de muy variadas Confesiones. El actual pluralismo ha borrado del mapa este fenómeno, hoy de carácter residual, siendo de lamentar que algunos sectores religiosos no lo estén comprendiendo así. Y en una sociedad pluralista las Confesiones han de olvidar el viejo sueño de las confesionalidades para tomar conciencia de aquella condición -la de ser organismos supraestatales- notoriamente ventajosa que poseen y de la que podrán obtener notables beneficios para la causa de la religiosidad en el mundo.
En concreto, toca a las Iglesias cristianas del ámbito occidental-universal -sin menoscabo de la función de otras Confesiones, y por referirnos al espacio cultural y social en que nos estamos moviendo- el cometido de ser las grandes defensoras de la libertad, que en el campo a que ahora nos estamos refiriendo ha de ser la libertad de información, de pensamiento, de creencias, de conciencia, de expresión y manifestación. Ello es una consecuencia directa del hecho de que son las protagonistas del hecho religioso en aquel sector de la humanidad en el que han visto por vez primera la luz la proclamación y el reconocimiento de los derechos humanos, las que hoy llaman los especialistas libertades de primera generación, a partir de la Declaración de Virginia de 1776 y de la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano de 1789.

Esta función ha de llevarse a cabo en el campo de la doctrina, por obra de dirigentes religiosos y de estudiosos, pero también les toca en la misma un importante papel a los medios de comunicación. Se trata del tema de la Religión como materia constitutiva del mensaje que los media difunden en todo el mundo. Lo cual nos pone en relación con la tarea que toca a las Confesiones en cuanto que integrantes de la sociedad civil, en la que son o han de ser -como se ha apuntado más arriba- las inspiradoras del concepto de justicia, ya que sin ellas este concepto se relativiza y se vacía de contenido. Lo cual las convierte, en relación con el mensaje mediático, en objeto y sujeto al par: son -han de ser- sujetos de la titularidad de algunos medios, necesarios para asegurar su deber y su derecho de comunicación, y objeto de la información y la opinión que difunden otros medios ajenos. Es aquí -también se ha aludido a ello con anterioridad- donde al ordenamiento jurídico de los Estados, con apoyo en la normativa internacional, le corresponde un deber de garantía y protección que lamentablemente falta o deja de operarse en múltiples países. Todos conocemos casos de medios de comunicación de todo tipo que impunemente ofenden y denigran sea al fenómeno religioso sea a diferentes manifestaciones del mismo; la reacción de alguna Confesión está consiguiendo por la vía del terror evitar esas ofensas, en contraste con la pasividad de otras cuyos creyentes soportan sin reacción la calumnia o el desprestigio. Ni la violencia ni la pasividad son los mejores caminos para afianzar en el mundo la efectiva responsabilidad que toca a las Confesiones en la defensa de los valores que promueven, que en gran medida les son comunes, y que suponen la única opción ética posible en el seno del relativismo negador de la existencia misma de la verdad.

mercoledì 23 luglio 2008

Aldir Guedes Soriano

MÍDIA E A COLISÃO DE DIREITOS ENTRE A LIBERDADE RELIGIOSA E O SENTIMENTO RELIGIOSO

Aldir Guedes Soriano[1]

Sumário: 1. Introdução – 2. Inter-relação entre a liberdade de expressão e a liberdade religiosa – 3. Luta da Ortodoxia Protestante contra a liberdade de expressão – 4. Luta da Ortodoxia Muçulmana contra a liberdade de expressão – 5. Luta da Ortodoxia Católica contra a Liberdade de Expressão – 6. Liberalismo Político como Marco Teórico – 7. Resurgimento do liberalismo político em John Rawls (1921-2002) – 8. O liberalismo político na Constituição Federal de 1988 – 9. Deslinde da colisão entre liberdade de expressão e liberdade religiosa – 10. Argumentos a favor da liberdade de expressão – 11. Conclusão – Bibliografia.


1. Introdução

A cidade do Rio de Janeiro faz jus ao título de cidade maravilhosa. Quando se pensa nessa linda cidade, além do Corcovado, da Gávea e do Pão de açúcar, não se pode deixar de considerar duas personagens fascinantes: o jurista baiano Rui Barbosa e o escritor Machado de Assis. Ambas as personalidades tiveram as suas vidas ligadas à cidade do Rio de Janeiro. A casa de Rui Barbosa localizada à Rua São Clemente, nº. 134, no bairro de Botafogo, faz parte do patrimônio histórico e cultural brasileiro. Por outro lado, a maioria dos contos machadianos foi ambientada nas pitorescas ruas cariocas do século XIX, como a do Ouvidor e Matacavalos.
Rui Barbosa trouxe, como se sabe, uma grande contribuição para o avanço da liberdade religiosa no Brasil. Ele também teve um papel decisivo na consolidação do regime republicano. Foi ele quem redigiu o decreto 119-A, que estabeleceu a separação entre a Igreja e o Estado.[2] Além disso, teve participação decisiva no advento da primeira Constituição Republicana de 1891 e conseqüente ampliação da cidadania e da liberdade de Culto.
As palavras de Rui ecoam até os nossos dias. Ele revela a sua concepção jusnaturalista ao afirmar: “De todas as liberdades sociais, nenhuma é tão congenial ao homem, e tão nobre, e tão frutificativa, e tão civilizadora, e tão pacífica, e tão filha do Evangelho, como a liberdade religiosa.”[3] “Desde 1876 que eu escrevia e pregava contra o consórcio da Igreja com o Estado; mas nunca o fiz em nome da irreligião: sempre, em nome da liberdade. Ora, liberdade e religião são sócias, não inimigas. Não há religião sem liberdade. Não há liberdade sem religião.”[4]
Interessante notar que em um de seus contos, mais precisamente aquele que foi intitulado “Miss Dollar”, Machado de Assis cita o livro Vida de Jesus de autoria de Ernest Renan.[5] Logo após o lançamento desse livro, polêmicas foram suscitadas uma vez que o autor afirmava, entre outras coisas, que Jesus teria nascido em Nazaré, contrariando as Escrituras Sagradas. Em 1864, Machado saiu em defesa da obra questionada, em face dos escândalos e, também, dos ataques desferidos pelo clero. Esse episódio tem a ver com o tema da nossa exposição, pois reflete, sem embargo, a tensão entre a liberdade de expressão e o sentimento religioso, frequentemente observada ao longo da história.
A polêmica provocada a partir da publicação do livro de Ernest Renan no século XIX guarda, mutatis mutandis, algumas semelhanças com as que foram desencadeadas com a ficção de Dan Brown O Código Da Vinci, pelo menos no que diz respeito à tensão entre a liberdade de expressão e o sentimento religioso.[6]
Como se pode observar, o tema a ser desenvolvido também é atual. No início do ano de 2006 (mês de fevereiro), os violentos protestos dos muçulmanos mais radicais (fundamentalistas) contra a publicação de charges do profeta Maomé num jornal dinamarquês revelaram a importância e a atualidade do tema escolhido. Muitos perderam a vida nas ondas de protestos desencadeadas em Estados islâmicos. No entanto, segundo o Sheik da Liga Mundial Islâmica no Brasil, Mohsin B.M. Alhassani, aquele que comete violência não é muçulmano porque Islã significa paz. (Palestra proferida por ocasião do Encontro Brasileiro de Direitos Humanos, na cidade de Curitiba, em 03 de agosto de 2006). Sob esse ângulo, a violência também representa uma negação tanto do cristianismo quanto do judaísmo.
A partir desse fato, não se pode deixar de refletir acerca da importância da colisão de direitos entre a liberdade de expressão e a liberdade religiosa, em face da rapidez com que as informações são veiculadas por todo mundo globalizado. Tanto é assim que “o comissário de Justiça, Liberdade e Segurança da União Européia, Franco Frattini, sugeriu, na quarta-feira (8/2), a criação de um código de conduta para que a mídia do continente europeu se comprometa a ter ‘prudência’ ao cobrir temas como o Islã e outras religiões – e a não privilegiar nenhuma delas”, como informa o site Observatório da Imprensa em artigo publicado no dia 10/02/2006. O desafio de conciliar essas duas importantes liberdades públicas não é um problema exclusivo da União Européia. Trata-se de um problema global.
Ainda mais recentemente (setembro de 2006), algumas declarações do Papa Bento 16 acerca do problema da violência empregada pelo Profeta Maomé com o emprego da palavra jihad provocaram a ira dos muçulmanos, revelando elevado grau de intolerância diante de críticas e objeções. O incidente motivou sérias ameaças contra a Igreja Católica. “Os intensos protestos contra as palavras do papa - incluindo ataques a várias igrejas na Cisjordânia e na faixa de Gaza - são sinal de uma das maiores crises internacionais em que se envolveu o Vaticano nas últimas décadas” (Folha de S. Paulo 16 de setembro de 2006).

2. Inter-relação entre a liberdade de expressão e a liberdade religiosa

Ao abordar o tema historicamente recorrente da colisão entre a liberdade religiosa e o sentimento religioso é preciso, em primeiro lugar, ter em mente que nenhuma liberdade pública positivada na Constituição Federal e nos tratados internacionais existe isoladamente. Nesse sentido, Gilberto de Mello Kujawski propugna que: “Nenhuma liberdade existe isolada, mas integrada num sistema de liberdades.” [7] Por conseguinte, existe uma intricada inter-relação entre as diversas liberdades ou direitos fundamentais. Por exemplo, entre a liberdade de expressão e a liberdade religiosa ocorrem intrincados fenômenos sócio-jurídicos, como as colisões de direitos e, também, freqüentes e complexas concorrências de direitos.
Na prática cotidiana, uma única situação de fato pode resultar na conexão de dois ou mais direitos fundamentais. São situações em que o indivíduo exerce mais de dois direitos fundamentais ao mesmo tempo. Uma única conduta pode estar protegida por dois ou mais direitos fundamentais. Assim, como exemplifica Gilmar Mendes, uma procissão tem o amparo constitucional dos direitos à liberdade de crença, culto e de reunião.[8]
John Rawls observa que “... a liberdade de associação é indispensável para que haja liberdade de consciência; pois, a menos que tenhamos liberdade de nos associar como outros cidadãos que pensam como nós, o exercício da liberdade de consciência será negado. Essas duas liberdades fundamentais andam juntas”.[9]
Como se vê, podem ser observadas diversas concorrências entre a liberdade de expressão e os direitos de religião, o que demonstra mais uma vez que não existem direitos isolados. Daí por que é preciso examinar a fundo a inter-relação entre os diversos direitos fundamentais que são, como se sabe, indivisíveis, interdependentes e inter-relacionados, conforme a Declaração de Viena de 1993.[10]
Quando um ministro do evangelho, rabino, Sheikh ou qualquer outra autoridade religiosa faz a sua preleção, ocorre a concorrência de diversos direitos. No momento da cerimônia religiosa vislumbra-se uma série de direitos ou liberdades públicas, como o direito de reunião, o direito de expressão do pregador e a própria liberdade de culto. Sob o ângulo do pregador, ele exerce as liberdades de crença, de culto e de expressão e comunicação. Sob o ponto de vista da audiência, as liberdades de consciência, de crença, de culto também são exercidas, além do já mencionada liberdade de reunião e, por vezes, de associação.
A inter-relação entre a liberdade de expressão e a liberdade religiosa também pode ser facilmente observada nas lutas históricas das ortodoxias religiosas contra a liberdade de expressão das religiões dissidentes. Tais lutas resultam da marcante propensão à intolerância das religiões, sobretudo das grandes religiões monoteístas.[11] Foi neste contexto de lutas e enfrentamentos, diga-se de passagem, que se originaram tanto a liberdade de expressão quanto a liberdade religiosa.

Cumpre ressaltar o caráter ambíguo das religiões. Nesse sentido, não se podem olvidar as enormes contribuições das religiões como, por exemplo, o legado do princípio da dignidade da pessoa humana, que foi positivado nas constituições e nos tratados internacionais de direitos humanos. Por outro lado, também não se podem olvidar as violências e as atrocidades históricas que foram praticadas em seu nome.
A luta pela liberdade de expressão revela o problema da intolerância existente nas religiões, mormente nas monoteístas. Isaiah Berlin observa que “os períodos e as sociedades em que se respeitaram as liberdades civis e se tolerou a diversidade de opinião e a fé têm sido escassos e esporádicos – oásis no deserto da uniformidade, intolerância e opressão humanas”.[12] Por isso, não foram raras as vezes em que a face intolerante das religiões se voltou contra a liberdade de expressão, em razão de sua tendência ao exclusivismo. A batalha das religiões contra a liberdade de expressão é antiga. Nesse sentido, o constitucionalista português Jónatas Machado observa que “as autoridades políticas e religiosas desde cedo procuram subordinar a imprensa aos seus próprios interesses e desígnios, dessa forma minimizando o seu poder de articulação de pensamento crítico”.[13] Por vezes, esse enfrentamento levou ao obscurantismo, à intolerância e à fogueira, que ceifaram vidas e idéias.

3. Luta da Ortodoxia Protestante contra a liberdade de expressão

O precedente de Areopagítica: discurso pela liberdade de imprensa ao Parlamento da Inglaterra, redigido por John Milton, em 1644, talvez seja o mais importante, paradigmático e significativo apelo liberal a favor da liberdade de expressão.[14] Milton escreveu o seu discurso contra a censura da liberdade de expressão religiosa ou mais especificamente contra a Ordenação de 1643 (Parliamentary Ordenance for Printing or Licensing Act), que intentava, sobretudo, a proibição de livros ofensivos à religião e ao governo ao passo que determinava a necessidade de autorização e registro para a publicação de material impresso.[15]
Havia uma disputa parlamentar entre os puritanos e os presbiterianos. Estes tentavam impor a sua concepção religiosa e política enquanto que aqueles, por sua vez, propugnavam, entre outras coisas, pela autonomia da Igreja. O pano de fundo dessa disputa também tinha o seu viés metafísico, uma vez que Areopagítica rechaçava a doutrina da predestinação dos presbiterianos e valorizava o livre arbítrio.[16]
A ortodoxia protestante lutou contra a liberdade de expressão na república de Oliver Cromwell. O discurso de John Milton (Areopagítica-1644) representa um manifesto contra a intransigência protestante (presbiteriano) contra o pensamento dissidente.
Outro exemplo de resistência da ortodoxia protestante pode ser extraído a partir da proibição pelo Estado Holandês do Tratado Teológico-Político de Espinosa que ocorreu em 1674, através de um édito que vedava a circulação de livros contrários à religião oficial. Em 1678 um novo édito proibia a publicação póstuma das obras de Espinosa.

4. Luta da Ortodoxia Muçulmana contra a liberdade de expressão

Os muçulmanos também tentaram ao longo da história restringir a liberdade de expressão dissidente. A luta da ortodoxia muçulmana contra a liberdade de expressão pode ser ilustrada com a ação do Califa Omar ao destruir a biblioteca de Alexandria. O Califa recorreu à seguinte lógica para justificar a destruição:

“Os livros da biblioteca de Alexandria contêm ou não contêm os mesmos ensinamentos do Alcorão? No primeiro caso, são inúteis (e devem ser queimados). No segundo caso são maus (e devem ser queimados). Logo, em qualquer caso, devem ser queimados”.[17]

Mais recentemente, o problema da tendência à intolerância da religião muçulmana se manifestou no Irã. Após a revolução islâmica de 1979, os Bahá’ís foram brutalmente perseguidos, decapitados, enforcados, retalhados a golpes de machado ou enforcados. Outros tantos foram presos ou tiveram que deixar o Irã. Lamentavelmente, as hostilidades contra essa minoria religiosa não cessaram.
Com a liderança do fundamentalista Aiatolá Khomeini, a revolução islâmica derrotou o xá Reza Pahlevi e instituiu um governo teocrático caracterizado pela união entre a mesquita e o Estado. Logo o governo – agora xiita e fundamentalista – passou a controlar a imprensa e a restringir a liberdade de expressão. Então, em fevereiro de 1999, adveio a fatwa (sentença de morte) contra autor do livro Versos satânicos, Salman Rushdie, considerado ofensivo a fé muçulmana. Essa sentença de morte assinala de forma inequívoca a luta do fundamentalismo muçulmano contra a liberdade de expressão.


5. Luta da Ortodoxia Católica contra a Liberdade de Expressão

Como se sabe, a ortodoxia católica também enfrentou a liberdade de expressão das heterodoxias religiosas dissidentes.[18] A doutrina exclusivista da libertas ecclesiae não se conformava com outras concepções religiosas além dos cânones da igreja.[19] Desde Constantino, o consórcio entre a Igreja e o Estado foi assinalado por uma tentativa de monopolizar a religião através de instrumentos políticos e legais. A política e o Estado eram conformados por uma mentalidade antiliberal, absolutista e, por vezes, autoritária e despótica.

Em 1543, foi criado o famoso Index que consiste numa relação de livros proibidos. Nesse sentido observa Marco Aurélio: “Ainda uma vez sob enfoque histórico, forçoso é trazer à lembrança outro exemplo, ligado à época da Inquisição. Por causa do avanço desmedido da religião protestante - já estendida a dois terços da Alemanha, metade da Holanda, parte da Áustria, da Hungria e da Boémia, um quarto da França, ocorrendo ainda a adesão da Inglaterra, da Escócia e da Escandinávia -, o Papa Paulo III deu início a um movimento, conhecido como Contra-Reforma, no qual se adotava uma série de medidas com o objetivo de conter o progresso do protestantismo. Então, criou-se em 1543 a Congregação do Index, cuja finalidade era a veiculação de lista dos livros contrários à doutrina Católica - Index livrorum proibitorum - e, portanto, proibidos para os cristãos, a fim de evitar que idéias heréticas corrompessem o espírito dos fiéis. Listas e mais listas restaram publicadas, sucessivamente, símbolo talvez de uma das maiores intolerâncias que a humanidade já conheceu. No rol dos livros vetados, constavam obras de Gil Vicente, Luís de Camões e do Padre António Vieira. Somente em 1966 a Congregação para a Doutrina da Fé anunciou que o índice não mais seria publicado. Tamanha violência não foi apenas intelectual, mas resvalou para a física: aos escritores considerados hereges, caberia o julgamento pelo Tribunal da Inquisição e, condenados, morreriam queimados nas fogueiras”.[20]

6. Liberalismo Político como Marco Teórico

Diante do problema da colisão entre a liberdade de expressão e a liberdade religiosa, cumpre indagar como solucionar o problema. Como dirimir as recorrentes colisões de direitos?
Nesse propósito ou tarefa, uma abordagem jurídica impõe a aplicação de princípios adotados pela Constituição Federal de 1988 e pelos tratados internacionais de direitos humanos. Vale lembrar que o liberalismo político é um princípio amparado pela Carta Política de 1988 (Constituição da República Federativa do Brasil), como se verá no momento oportuno.
O Estado liberal, do ponto de vista histórico, possui duas raízes: uma francesa e a outra inglesa. Pode-se dizer que o Estado constitucional liberal surge após a Revolução Francesa e consagra a primazia da liberdade individual em detrimento do Estado. Os direitos fundamentais são então concebidos como uma restrição do poder estatal em favor dos particulares. Tais direitos estariam salvaguardados com a simples abstenção do Estado na esfera de liberdade – autodeterminação – dos indivíduos. Assim, acreditava-se que bastaria a omissão estatal para que todos os direitos individuais fossem concretizados.

Para o pensamento liberal a participação ou interferência do Estado na sociedade deve ser a menor possível. O Estado é apenas admitido como um mal necessário. O Estado não deve interferir na economia nem na religião. Daí a idéia de que o Estado deve ser neutro, laico ou não-confessional.[21]
O liberalismo, como se sabe, influenciou fortemente a economia, assim como a Revolução Industrial. Nesse terreno econômico, aliás, surgiram críticas no sentido de que a livre iniciativa, sem a interferência do Estado, pode favorecer a exploração dos mais fracos. Na Inglaterra, o liberalismo foi assinalado pela revolução puritana de Cromwell, que estabeleceu um curto período republicano até restauração do parlamento, em 1688. Após o breve período republicano, a monarquia absolutista foi substituída pela monarquia parlamentarista, mesmos centralizada do que a monarquia absolutista.

7. Resurgimento do liberalismo político em John Rawls (1921-2002)

John Rawls estruturou o seu pensamento partindo de um pressuposto denominado fato do pluralismo, que divide a sociedade com as suas profundas e intransponíveis diferenças religiosas, filosóficas, políticas e morais.[22] A partir dessa constatação advém a pergunta ou o problema central de sua reflexão: como a sociedade pode ser odernada para que os indivíduos, livres e iguais, possam conviver pacificamente apesar das profundas diferenças mencionadas.[23]
Ralws não se conformava com a idéia de que a liberdade e a igualdade são valores inconciliáveis e que se colidem resultando no sacrifício de um ou de outro. Tampouco se conformava com o utilitarismo Clássico (século XIX).
Diante dessas perplexidades, em 1971, John Rawls publicou uma obra em que apresenta a teoria da justiça como eqüidade (Justice as fairness), em que ele pretende conciliar os mencionados valores conflitantes e também permitir a convivência pacífica das diferentes concepções filosóficas, políticas ou religiosas existentes na sociedade.
Conforme o pensamento de Rawls a democracia constitucional admite todas as concepções religiosas razoáveis (diversas concepções razoáveis do bem em termos razoáveis). É essa a idéia central do primeiro princípio do filósofo de Harvard: “Todas as pessoas têm igual direito a um projeto inteiramente satisfatório de direitos e liberdades básicas iguais para todos, projeto este compatível com todos os demais; e, nesse projeto, as liberdades políticas, e somente estas, deverão ter seu valor equitativo garantido”.[24] Não se admitem comportamentos antisociais e incompatíveis com a convivência pacífica, como, por exemplo, uma religião que preconize o sacrifício humano.
O liberalismo político pode ser definido como um sistema facilmente associado ao iluminismo do século XVIII, aos ideais da Revolução francesa e à filosofia do direito natural. Segundo John Rawls, o liberalismo político permite a coexistência das diversas concepções do bem.[25]
O filósofo rechaçava o utilitarismo. Para ele o utilitarismo estatal não pode prevalecer quando se trata da proteção da pessoa humana. Os direitos humanos fundamentais têm primazia sobre o interesse social e, também, estatal. Segundo John Rawls, “numa sociedade justa as liberdades da cidadania igual são consideradas invioláveis; os direitos assegurados pela justiça não estão sujeitos à negociação política ou ao cálculo de interesses sociais”.[26]

8. O liberalismo político na Constituição Federal de 1988

O preâmbulo da Constituição Federal de 1988 estabelece que o Estado Democrático de Direito deve assegurar o exercício dos direitos individuais e sociais, a liberdade, a igualdade e a justiça como valores supremos de uma sociedade fraterna, pluralista e sem preconceito. Assim sendo, a Constituição brasileira vigente adotou o liberalismo político de forma irrefutável. Portanto, a CF/1988 não contém apenas uma mera declaração de direitos. Ela preconiza, com efeito, que cada cidadão possa exercitar ou, efetivamente, exercer os direitos fundamentais por ela positivados.
Por conseguinte, o direito à liberdade religiosa assegurado pela CF/1988 garante ao cidadão o direito de escolher e de exercitar a sua crença religiosa. Ao prescrever, em no inciso VI do art. 5º, que é inviolável a liberdade de consciencia e de crença, a CF se coloca em sintonia com o próprio liberalismo político. Assim sendo, não há duvidas de que a Constituição de 1988 foi fundada nos princípios do liberalismo político.

9. Deslinde da colisão entre liberdade de expressão e liberdade religiosa

Como observa o Ministro do Supremo Tribunal Federal – STF, Marco Aurélio, o deslinde das colisões de direitos entre a liberdade de expressão com outros direitos fundamentais ou com a dignidade da pessoa humana deve ser realizado diante dos casos concretos e não de forma abstrata.[27] Daí a impossibilidade de engendrar uma formulação abstrata. Assim sendo, cumpre realçar que o precedente histórico do julgamento do HC 82.424/RS não pode ser argüido no sentido de se generalizar a restrição à liberdade de expressão em face de outro direito ou da dignidade da pessoa humana de forma abstrata. A ponderação dos dois direitos há de ser realizada no caso concreto.
O problema do deslinde das colisões de direitos considerados no presente estudo não é algo que se possa por um ponto final, optando simplesmente pelo sacrifício de um dos direitos em conflito. Todavia, seguem alguns argumentos a favor da liberdade de expressão.

10. Argumentos a favor da liberdade de expressão

O liberalismo político, como princípio informador do direito constitucional, confere uma certa primazia da liberdade de expressão em face de outros direitos fundamentais. Ora, se o sistema permite as diversas consepções razoáveis do bem, todas elas devem ter direito à expressão. Ademais, não pode existir liberdade religiosa sem liberdade de expressão.
Por ser considerada a pedra angular do sistema democrático, a liberdade de expressão já foi considerada insusceptível de censuras ou restrições.[28] Na verdade, tal pensamento não encontra eco nem mesmo na corrente liberal. Embora a liberdade de expressão nos Estados Unidos seja um direito preferencial, que recebe proteção praticamente absoluta, ainda assim pode sofrer restrições, sobretudo judicialmente. Nesse sentido, Greenawalt observa que diferentes crimes como os de perjúrio e de fraude criminal são definidos em termos da comunicação.[29] Nessa esteira, o direito brasileiro segue fundamentalmente a mesma tendência do direito estadunidense.
Critérios para a restrição da liberdade de expressão: Césare Beccaria é o mais conhecido representante do iluminismo italiano. Suas idéias liberais o levaram a escrever “Dos Delitos e das Penas” (1764). Ele defendeu penas mais brandas e proporcionais a serem aplicadas ao réu ao passo que condenou o uso da tortura e da pena capital. Beccaria foi brilhante ao formular o princípio segundo o qual o direito de punir do Estado só deve ser exercitado quando necessário. Senão vejamos: “Assim sendo, somente a necessidade obriga os homens a ceder uma parcela de sua liberdade; disso advém que cada qual apenas concorda em pôr no depósito comum a menor porção possível dela, quer dizer, exatamente o necessário para empenhar os outros em mantê-lo na posse do restante”.[30] Esse pensamento também pode ser aplicado, mutatis mutandis, quando se está diante do problema da limitação de direitos fundamentais. Ora, tais direitos só podem ser restringidos quando isso for absolutamente necessário para se evitar danos relevantes a outrem. A liberdade de expressão pode ser restringida quando violar direitos personalíssimos, art. 5º, inciso X, da CF/1988.
O pensamento de John Milton se baseia no livre arbítrio. Assim, pode-se aduzir que a liberdade de conhecer aliada ao direito de escolha são as mais elementares liberdades humanas. Assim sendo, é forçoso reconhecer o elemento metafísico no discurso liberal de Milton, em um de seus trechos mais famosos: “Dai-me a liberdade para saber, para falar e para discutir livremente, de acordo com a consciência, acima de todas as liberdades”.[31] Esse trecho evidencia a liberdade cognitiva como conseqüência do livre arbítrio. Além disso, essa liberdade para saber ou conhecer estaria acima de todas as liberdades.
Interessante notar que Jonh Stuart Mill fez veemente alerta, alusivo à perseguição jurídica à liberdade de expressão religiosa, que também deve ser considerado nos dias hoje. Vejamos: “Dirão que hoje não condenamos à morte os introdutores de novas opiniões; não somos como nossos pais, que assassinavam os profetas: até mesmo construímos-lhes sepulcros. É verdade que não mais condenamos os heréticos à morte, e todas as punições que o sentimento provavelmente toleraria, mesmo contra as opiniões mais detestáveis, não são suficientes para os extirpar. Mas não nos incensemos por estarmos ainda livres da mácula, mesmo da perseguição jurídica. Ainda existem por lei penalidades relativas à opinião ou, pelo menos, à sua expressão; e sua aplicação, mesmo nesta época, não é esporádica a ponto de tornar absolutamente inacreditável que se possa certo dia revivê-las com toda a força. No ano de 1857, nas sessões de verão do tribunal no condado da Cornualha, um infeliz homem, cuja conduta em todos os relacionamentos da vida era considerada inatacável, foi sentenciado a vinte e um meses de prisão por emitir e escrever num portão algumas palavras ofensivas a respeito do cristianismo”.[32]
A liberdade de expressão era muito valorizada por Mill, em razão da sua utilidade na formação de um povo intelectualmente ativo. O utilitarista considerava que essa liberdade civil como extremamente necessária para que o homem pudesse alcançar a verdade. Ele estabelece três conclusões: 1) quando alguém silencia (censura) uma opinião está a se colocar na condição de infalibilidade. 2) Mesmo que a opinião seja errônea, frequentemente contém uma parcela da verdade e 3) Mesmo uma opinião verdadeira deve ser recebida com contestação e judicioso exame, sob pena de ser aceita apenas como um preconceito.[33]
Talvez uma das maiores contribuições de Voltaire esteja relacionada com a sua frase mais famosa: “Não concordo com uma única palavra do que dizeis, mas defenderei até a morte o vosso direito de dizê-lo”. A frase foi cunhada a partir de um desentendimento com o filósofo Rousseau. Tais palavras refletem um alto nível de tolerância alcançado a partir de uma reflexão amadurecida e sofisticada. É muito fácil tolerar os pensamentos que se amoldam às pré-compreensões pessoais. Por outro lado, a verdadeira tolerância compreende a aceitação de idéias contrárias e, por vezes, recheadas de críticas e, até mesmo, de ataques ofensivos.[34]

11. Conclusão

Por fim, uma pergunta crucial não pode deixar de ser suscitada, até mesmo como forma de provocação de futuras reflexões. Será que a liberdade religiosa impõe um dever jurídico de tolerância tal que proíbe as possibilidades de críticas e objeções em relação às religiões?
De acordo com o pensamento liberal a resposta é negativa. Além disso, a verdadeira tolerância, conforme Declaração sobre os Princípios da Tolerância de 1995, não significa condescendência ou ausência de críticas. Daí porque deve haver tolerância até mesmo em relação às críticas religiosas. As religiões devem tolerar umas às outras até mesmo no que diz respeito às críticas. Nessa esteira, deve haver uma ampliação no conceito de tolerância. Muitas violências e desatinos poderiam ser evitados se as religiões fossem mais tolerantes e abertas ao livre pensamento.
A convivência pacífica das diferentes religiões e confissões religiosas exige a adoção de uma postura mais neutra e flexível nos espaços públicos. Isso não significa uma ruptura com a metafísica ou com a ortodoxia de cada organização religiosa, mas um resgate dos princípios liberais dos filósofos iluministas, que possibilitaram a construção da democracia constitucional. Tais pensadores não romperam totalmente com a metafísica. Eles conciliaram os fundamentos racionais da liberdade com a base metafísica dos direitos naturais, que pode ser traduzida na locução livre arbítrio. John Locke, conhecido como o pai do liberalismo, estabelece uma nítida diferença de conduta que uma organização religiosa deve assumir nos âmbitos interno e externo. Tais organizações podem exercer a sua ortodoxia no âmbito interno ou privado, mas jamais no plano externo ou público.[35] Maior nível de neutralidade é exigido das autoridades públicas tanto do executivo quanto do legislativo e do judiciário. Os princípios constitucionais liberais da separação entre a Igreja e o Estado e da neutralidade estatal exigem que elas façam todos os esforços para se desvencilharem de seus pré-conceitos e pré-compreensões, como sugere Gadamer. As autoridades públicas devem ser muito cuidadosas em relação aos direitos humanos. Isso porque, como ensina o filósofo alemão, a pessoa humana está condenada a ver o mundo segundo o seu próprio ponto de vista. Por conseguinte, ao exercer uma função pública o indivíduo leva consigo os seus pré-conceitos e as suas pré-compreensões, inclusive de natureza religiosa. Por isso, essas autoridades devem se lembrar de que estão vinculadas ao dever de respeitar o direito à liberdade religiosa e, por conseguinte, a diversidade religiosa existente na sociedade.
Nenhuma religião, confissão religiosa ou crença pode pretender uma blindagem em relação às críticas ou objeções. A mídia deve ser livre e a liberdade de expressão deve ser a mais ampla possível para que o pensamento crítico não sofra restrição. De acordo com o pensamento liberal, argumentos metafísicos não podem ser argüidos para censurar uma opinião religiosa.
Diante de críticas e objeções as religiões devem ter a coragem de dizer com Voltaire: “Não concordo com uma única palavra do que dizeis, mas defenderei até a morte o vosso direito de dizê-lo”.[36]

Bibliografia
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[1] – Advogado no Estado de São Paulo; Vice-Presidente da Associação Brasileira de Liberdade Religiosa e Cidadania – ABLIRC; Membro da de Comissão Direito e Liberdade Religiosa da Ordem dos Advogados do Brasil – Secção de São Paulo. Presidente da Comissão de Redação da Carta Brasil 2007 de Liberdade Religiosa e autor de diversos trabalhos sobre direitos humanos e liberdade religiosa, entre livros, capítulos de livros e artigos em jornais e revistas. Site do autor www.aldirsoriano.com.br.
[2] Tal separação trouxe benefícios tanto ao Estado quanto à Igreja.
[3] BARBOSA, Rui. Obras Completas de Rui Barbosa. Vol. 4, t. 1, 1877. p. 419.
[4] BARBOSA, Rui. Idem. Vol. 30, t. 1, 1903, p. 381.
[5] ASSIS, Machado de. Contos: uma antologia. Vol.1. São Paulo: Companhia das Letras, 1998, pp. 142 e 143.
[6] A diferença fundamental reside no fato de que o livro de Dan Brown é uma ficção, enquanto que o de Ernest Renan não obstante tenha sido citado por Machado como se fosse um romance, não era uma obra fictícia. Contudo, não se pode refutar a polêmica que ambos provocaram em épocas e contextos históricos diferentes, respectivamente Republicano (Século XX e XXI) e Imperial (século XIX).
[7] Apud JABUR, Gilberto Haddad. Liberdade de pensamento e direito à vida privada. São Paulo: Revista dos Tribunais, 2000, p. 338.
[8] MENDES, Gilmar Ferreira. Direitos fundamentais e controle de constitucionalidade. 3ª. ed. São Paulo: Saraiva, 2004, pp. 106 e 107. Ainda sobre concorrência de direitos, vide pp. SILVA, Chistine Peter da. Hermenêutica de direitos fundamentais: uma proposta constitucionalmente adequada. Brasília: Brasília Jurídica, 2005, pp. 109 e 108.
[9] RAWLS, John. Liberalismo político. 2ª. ed. São Paulo: Ática, 2000, p. 368.
[10] A Declaração de Viena de 25 de junho de 1993 dispõe em seu § 5°: “Todos os direitos humanos são universais, indivisíveis, interdependentes e inter-relacionados. A comunidade internacional deve tratar os direitos humanos globalmente, de maneira justa e equânime, com os mesmos parâmetros e com a mesma ênfase.”
[11] O historiador Toynbee observa que as três grandes religiões monoteístas têm uma origem comum, postulam o monopólio de uma verdade ao mesmo tempo absoluta e definitiva e, por conseguinte, estão propensas à intolerância e ao exclusivismo. (TOYNBEE, Arnold Joseph. Historia e a religião. Rio de Janeiro : Fundo de Cultura, 1960, p. 25 e ss)
[12] BERLIN, Isaiah. Introdução. In MILL, Jonh Stuart. A liberdade; Utilitarismo. São Paulo: Martins Fontes, 2000, p.VII.
[13] MACHADO, Jónatas Eduardo Mendes. Liberdade de expressão: dimensões constitucionais da esfera pública no sistema social. Coimbra: Coimbra Editora, 2002, p. 40.
[14] Cf. GARVEY, John H. and SCHAUER, Frederick. The first amendment. 2ª. ed., St. Paul, Minn: West Publishing, 1996, p. 1.
[15] Cf. FORTUNA, Felipe. John Milton e a liberdade de imprensa. In: MILTON, John. Areopagítica: discurso pela liberdade de imprensa ao parlamento da Inglaterra. Rio de Janeiro: Topbooks, 1999, pp. 12 e 13.
[16] FORTUNA, Felipe. Idem, 13 e 20.
[17] NASCIMENTO, Edmundo Dantès. Lógica aplicada à advocacia: técnicas de persuasão. 4ª ed., São Paulo: Saraiva, 1991, p. 131.
[18] Segundo John Milton, “a censura foi instituída e depois posta em prática pelo mistério e malícia anticristã com o firme propósito de extinguir, se possível fosse, a luz da Reforma e instaurasse a falsidade.” MILTON, John. Areopagítica: discurso pela liberdade de imprensa ao parlamento da Inglaterra. Rio de Janeiro: Topbooks, 1999, p. 151.
[19] Sobre a doutrina da libertas ecclesiae vide MACHADO. Jonatas. Sobre a doutrina da libertas ecclesiae vide MACHADO, Jónatas Eduardo Mendes. Liberdade religiosa numa comunidade constitucional inclusiva, Coimbra: Coimbra Editora, 1996, pp. 14-50.
[20] MELLO, Marco Aurélio Mendes de Farias. Liberdade de expressão. In: Direito constitucional contemporâneo: estudos em homenagem ao professor Paulo Bonavides (Fernando Luiz Ximenes Rocha e Filomeno Moraes – ORGS). Belo Horizonte: Del Rey, 2005, p. 596. Segundo Johnson: “No ocidente, o clero havia começado a reivindicar um direito exclusivo de interpretação - na verdade, de custódia - da Bíblia já no século IX; além disso, desde cerca de 1080 havia instâncias freqüentes por parte do Papa, concílios e bispos no sentido de proibir não apenas traduções vernaculares mas também toda e qualquer leitura, por leigos, da Bíblia como um todo. Em certo sentido, esse era o aspecto mais escandaloso da Igreja latina medieval. Após os valdenses, as tentativas de estudar a Bíblia constituíam prova circunstancial de heresia - a pessoa podia ir para a fogueira só por isso -, e, ao mesmo tempo, os heterodoxos estavam cada vez mais convencidos de que a Bíblia era incompatível com as reivindicação do pontífice e do restante do clero.” (JOHNSON, Paul. História do Cristianismo. Rio de Janeiro: Imago, 2001, p. 329)
[21] Nesse sentido, BASTOS, Celso Ribeiro. Teoria geral do Estado e ciência política. 4ª ed. São Paulo: Saraiva, 1999, p. 139.
[22] “A cultura política de uma sociedade democrática é sempre marcada pela diversidade de doutrinas religiosas, filosóficas e morais conflitantes e irreconciliáveis. Algumas são perfeitamente razoáveis, e essa diversidade de doutrinas razoáveis, o liberalismo político a vê como o resultado inevitável, a longo prazo, do exercício das faculdades da razão humana em instituições básicas livres e duradouras. Por conseguinte, a segunda questão consiste em saber quais são os fundamentos da tolerância assim compreendida, considerando-se o fato do pluralismo razoável como resultado inevitável de instituições livres.” (RAWLS, John. Liberalismo político. 2ª. ed. São Paulo: Ática, 2000, p. 45)
[23] “A combinação dessas duas questões nos leva a perguntar como é possível existir, ao longo do tempo, uma sociedade justa e estável de cidadãos livres e iguais, mas que permanecem profundamente divididos por doutrinas religiosas, filosóficas e morais razoáveis”. RAWLS, John. Liberalismo político. 2ª. ed. São Paulo: Ática, 2000, pp. 45-46.
[24] RAWLS, John. Liberalismo político. 2ª. ed. São Paulo: Ática, 2000, p. 47.
[25] RAWLS, John. Idem, p. 358.
[26] RAWLS, John. Idem, p. 4.
[27] Cf. MELLO, Marco Aurélio Mendes de Farias. In: Crime de racismo e anti-semitismo: um julgamento histórico no STF: hábeas corpus no. 82.424/RS. Brasília: Supremo Tribunal Federal, 2004, p. 178.
[28] Celso Bastos menciona essa idéia equivocada, em artigo publicado na Revista de Informação Legislativa. (BASTOS, Celso Ribeiro. BASTOS, Celso e GARCIA, Maria. Censura e liberdade de expressão. In: Revista jurídica, Porto Alegre, v.40, n.181, p.29-30, nov. 1992, p. 29)
[29] GREENAWALT, Kent. Speech and crime. In: GARVEY, John H. and SCHAUER, Frederick. The first amendment. 2ª. ed., St. Paul, Minn: West Publishing, 1996, p. 37.
[30] BECCARIA. Cesare. Dos delitos e das penas. Trad. Torrieri Guimarães. 11ª ed. São Paulo: Hemus, 1995, p. 15.
[31] MILTON, John. Areopagítica: discurso pela liberdade de imprensa ao parlamento da Inglaterra. Rio de Janeiro: Topbooks, 1999, p. 173.
[32] MILL, Jonh Stuart. A liberdade; Utilitarismo. São Paulo: Martins Fontes, 2000, 46 e 47.
[33] MILL, Jonh Stuart. Idem, 80 e 81.
[34] Esse é sem dúvida um grande exemplo a ser seguido por todos aqueles que amam tanto a liberdade quanto ao próximo. Sob a perspectiva cristã isso significa mostrar a outra face. Uma pessoa amadurecida há de ser tolerante até mesmo com os intolerantes.
[35] “Porque cada igreja é ortodoxa para consigo mesma e errônea e herege para as outras. Seja no que for que certa igreja acredita, acredita ser verdadeiro, e o contrário disso condena como erro.” ... “Ademais, se fosse possível esclarecer qual das discordantes se apoiou em corretas opiniões religiosas, nem por isso seria conferido à igreja ortodoxa nenhum direito, para destruir as outras. Pois as igrejas não possuem qualquer jurisdição em questões temporais, nem a espada e o fogo são instrumentos adequados, para refutar os erros ou esclarecer e converter o espírito dos homens.” (LOCKE, John. Carta acerca da tolerância. In: Discursos, Ensaios e Conferências. São Paulo: Abril Cultural, 1973, pp. 15 e 16)
[36] Apud BURNS, Edward McNall. História da civilização ocidental: do homem das cavernas às naves espaciais. 6ª ed., Vol. 2. São Paulo: Globo, 1990, p. 462.